Historia del Instituto Primer capitulo

   Nuestra Historia: la Escuela Normal de San Miguel

por Mirta Alicia Gorga de Rago

 

     Corría el año 1958. Hacía ya cinco años que funcionaba el Colegio Nacional. No había en la zona ninguna institución que formara maestros. Los estudiantes con vocación docente debían trasladarse a otros municipios (San Martín, por ejemplo) o a la ciudad de Buenos Aires para cursar estos estudios. Era frecuente que los hicieran en Villa del Parque, en un Instituto privado: La Virgen Niña. Por ello, algunos integrantes de la comunidad comenzaron las gestiones para la creación de una Escuela Normal. Se formó una comisión ad hoc integrada, entre otros, por Athos Renés, Isolde Hache de Procaccini, Luis Panigo, Ricardo Bodo y Rosa Cruz Arena de Bodo. Estaba presidida por Lidurina Frondizi.

     En mayo de 1959, el Instituto Ángel D`Elía inauguró su Sección Normal. Algunos alumnos de 4º año del Colegio Nacional pasaron a esa Institución.

A las pocas semanas, en el mes de junio, el Ministerio de Educación de la Nación autorizó la creación de la Escuela Normal. Los alumnos que habían pasado al Instituto Ángel D’Elía decidieron regresar a su Colegio. Sin embargo, el profesor Pérez Diez, director del Instituto D’Elía, dilataba el pase. El profesor Carlos Fernando Cuidet, director del Colegio Nacional, fue en persona a tramitarlo y se llevó a sus alumnos. El 5º año se formó con alumnos que provenían de otras escuelas normales, algunos de los cuales habían cursado los tres años de bachillerato en el Colegio Nacional.

En 1960 se creó el Departamento de Aplicación para la realización de las prácticas docentes que, hasta ese momento, se hacían en la Escuela del Barrio de Suboficiales Sargento Cabral.

    Los profesores de este Departamento de Aplicación eran muy rigurosos. Beba Pagani de Camilli tenía a su cargo las cátedras de Pedagogía y Didáctica. Cautivaba al alumnado por su gran capacidad, por sus conocimientos. Insistía en la aplicación del método Camilli, creado por su marido Ernesto Camilli que era profesor de Lengua castellana. Siempre afirmaba que el mejor material didáctico es la tiza. En los planes de clases, cada error ortográfico significaba un punto menos. Incluso, rechazaba planes por este motivo. Solía decir a sus alumnas que no quería maestras moñeras sino creadoras.

    En 1964 ingresó como profesora Carmen Rozada. Era muy exigente. El estilo era conductista. Todos sentían el rigor pero nadie reprochaba su exigencia porque obligaba a los alumnos a sacar lo mejor de cada uno y lograr así solidez en los conocimientos y seguridad en el ejercicio de la docencia. Los alumnos pasaban por la casa de Carmen Rozada los fines de semana para retirar los planes de clase y rehacerlos. Quienes fueron sus alumnos afirman que tenía una capacidad especial para percibir los talentos de los futuros maestros e, inclusive, los grados en los que ejercerían mejor su profesión. Cuando los estudiantes hacían la residencia, se reunía con ellos y les pedía que le relataran el desarrollo de la clase que habían dictado. Realizaban la crítica y, a veces, los sorprendía cuando les preguntaba: ¿Cómo pudiste decirle eso a los alumnos?

 

    Estos primeros años transcurrieron con la calle Agüero (hoy Argüero) de tierra, intransitable los días de lluvia. Surcada por hondas huellas de carros. En el frente de la casona, los tilos perfumaban el fin de la primavera. El palenque, donde se ataban los caballos, evitaba también el paso del ganado que andaba suelto. En las esquinas, los molinetes completaban la protección.

    En el fondo de la casona un alambrado separaba el patio del huerto donde había árboles frutales y también exóticos alcornoques. A través del alambre, el portero Jorge Alba vendía sándwiches de mortadela. Ángel Paván, alumno de la Escuela, recordaba que al comenzar el recreo había que apurarse porque no alcanzaban para todos los demandantes.

   En el patio de ladrillos, las palmeras y la pérgola con glicinas y, por último, en el patio de mosaicos cercano a la casa, una gran magnolia.

 

   La historia del Colegio Nacional y de la Escuela Normal son inseparables porque los alumnos que transitaban por los primeros años del bachillerato, al finalizar 3º tenían dos opciones: continuar o iniciar la carrera docente. También compartían profesores. No obstante, los futuros maestros trataron de diferenciarse de los estudiantes del bachillerato a través de algunos símbolos, el moño azul en el cuello del delantal de las alumnas y la corbata azul para los varones.

   En ese momento, todos los estudiantes vestían pantalón gris, camisa blanca o celeste, corbata, saco de paño azul y zapatos de cordones o mocasines. Las alumnas usaban delantal tableado, almidonado, con un cuello alto adicional que se ponía debajo para evitar que se viera la ropa, medias tres cuarto azules, saco de paño azul. No podían llevar adornos, tener las uñas largas o pintarse.

 

    Algunos profesores eran de Buenos Aires o de pueblos y ciudades cercanas. Viajaban en el Ferrocarril San Martín. Los que vivían en las cercanías usaban distintos medios de transporte.

    Leoní Mangonet de Shinya, profesora de Matemáticas, utilizó un sulky, una bicicleta que ataba a la baranda de la escalera del Colegio y también una motoneta, debajo de la cual solía tirarse para repararla. Su forma peculiar de caminar, con largos trancos, y el tapado amplio que vestía y solía agitar como si fuera un poncho al compás de sus movimientos, le valieron el apodo de Calunga que era el ayudante de Poncho Negro,  personaje de una historieta de los años cincuenta. Se generalizó tanto el apodo que algunos alumnos estaban convencidos de que era su apellido y se referían a la Sra. Calunga, cosa que provocó una reprimenda aclaratoria cuando llegó a sus oídos. Cierta vez, Betty Rena, después de cuarenta años de haber sido su alumna, la encontró y le dijo que recordaba cómo dibujaba los números en el pizarrón: Tengo presente su número cuatro, creo que ha sido el más hermoso que he visto.

Julián Dionisio Martínez dictaba Geografía que era para él el estudio de las localizaciones. Era muy exigente. Los primeros alumnos hacían los mapas con pantógrafo, con el sistema de cartillas. La lección se componía para él, de dos partes: el tema del día, al que adjudicaba un valor de 7 puntos y el repaso de todo lo estudiado desde el primer día de clases, que tenía un valor de 3 puntos. Su escala en las calificaciones era la siguiente: el 7, decía, lo saca el que aprueba, el 8 lo saca el buen alumno, el 9 lo saca el profesor y el 10 se lo saca sólo Dios. Cuando algún alumno, incapaz de articular por sí solo la lección le pedía que lo interrogara, él siempre contestaba: No le conviene porque si yo pregunto lo haré sobre las ocho cosas que no sabe y si usted habla, lo hará sobre las dos que sabe.

 

(Continuará con otras anécdotas de profesores, alumnos y situaciones derivadas de la instalación del Colegio en una casa compartida con inquilinos).